
Cada 17 de julio se conmemora el Día Internacional del Tatuaje, una fecha que también permite explicar el proceso que ocurre en el cuerpo cuando una aguja introduce tinta.
La dermatología señala que el pigmento debe llegar hasta la dermis, una zona más profunda y estable que la superficie de la piel, para que el dibujo pueda mantenerse durante años.
La parte exterior de la piel, conocida como epidermis, se desprende y reemplaza de manera constante. Por esa razón, si la tinta quedara únicamente en esa zona, desaparecería a medida que las células fueran renovándose.
Durante el procedimiento, la aguja cruza esa primera barrera y coloca pequeñas cantidades de pigmento en la dermis. Las perforaciones repetidas generan una lesión controlada, lo que explica el dolor, el enrojecimiento y la sensibilidad que pueden presentarse después de realizar el tatuaje.
El organismo identifica las partículas de pigmento como un elemento ajeno y activa una respuesta inflamatoria. Hasta la zona llegan células del sistema inmunitario, entre ellas los macrófagos, que rodean y capturan parte de la tinta.
Otra porción del pigmento permanece dentro de células propias de la dermis, como los fibroblastos. Esta combinación permite que el color se mantenga visible debajo de la piel incluso después de que termine la cicatrización.

Los tatuajes duran porque el pigmento queda alojado en una capa que no se renueva con la misma rapidez que la epidermis. Cuando algunos macrófagos mueren, otras células ocupan su lugar y vuelven a recoger las partículas liberadas.
Con el paso del tiempo, el dibujo puede perder intensidad debido a la exposición solar, el envejecimiento de la piel o la dispersión gradual de la tinta. Sin embargo, el pigmento no desaparece como ocurre con una lastimadura superficial.
La remoción con láser busca romper el pigmento en partículas más pequeñas. Después de ese proceso, el sistema inmunitario puede retirarlas progresivamente, por lo que el resultado no se produce de una sola vez.
La respuesta depende del color de la tinta, la profundidad, el tamaño del tatuaje y las características de la piel.
Entre las posibles complicaciones se encuentran las infecciones, reacciones alérgicas, inflamaciones, cicatrices anormales y transmisión de agentes infecciosos cuando los instrumentos no están esterilizados.
Para reducir riesgos, la zona debe mantenerse limpia, lavarse con agua y jabón suave y secarse sin frotar. También se recomienda evitar rascar, retirar costras, exponer el tatuaje al sol o ingresar a piscinas, saunas y al mar mientras la piel se recupera.
La presencia de dolor que aumenta, fiebre, secreción o calor intenso en la zona requiere una consulta médica. Una vez cicatrizado, el uso de protector solar ayuda a disminuir el desgaste del color y de los bordes.